“Las bicicletas son para el verano”

Hace unos años escuché una frase, que después de pensarla durante mucho tiempo, la hice mía.
“Toda persona es capaz de hacer cualquier cosa bajo las circunstancias adecuadas”.
Y esta es mi historia…
A mis cuarenta años no podría decirse que había vivido grandes aventuras, lo bueno de ello es que muy temprano me di cuenta que esas vivencias que leía en los libros, veía en películas…no era mi vida.
Tampoco es que quisiera vivir muchas de esas aventuras, la mayoría me parecían hechas a medida para “El espectador”, como no podía ser de otra manera.
Llevaba un tiempo en el que no me reconocía, las cosas que antes me gustaban no es que no me gustaran ahora, era que pudiendo vivirlas, no lo hacía. Me encontraba en un mar de dudas, mañana haré esto, mañana me compraré aquello, pasado mañana iré a este lugar o al otro. Todo en mi eran buenas intenciones y planes que no realizaba. Hasta llegué a pensar que siempre había necesitado a alguien a mi lado para realizar cosas, como que me empujaran a vivir.
Ese día me conecté con una de las mejores páginas en bicicletas, en casa siempre había tenido alguna, pero conforme fui cumpliendo años fueron desapareciendo de mi vida, desgraciadamente me canso muy pronto de las cosas. Me propuse comprar una gran bicicleta, de las mejores que me pudiera permitir, me dije que cuanto mas cara fuera mas fuerza haría para que la sacara a menudo y no la dejara en un rincón olvidado de la cochera.
Dicho y hecho, la bicicleta era una auténtica belleza, hasta traía libro de instrucciones, yo me dije, con pedalear es suficiente, no?, además compré unos pequeños prismáticos y una bonita mochila, y allá que me dirigí, a conocer mundo.
No buscaba ni quería lugares transitados, mejor zonas solitarias y tranquilas. En mis primeras semanas no recorría distancias superiores a quince o veinte kilómetros, tenía que coger fondo ya que hacía años no montaba en bicicleta y tampoco quería un infarto, después de un mes ya me atrevía a recorrer mas de cincuenta kilómetros, no se trataba de batir ningún récord y mi pedaleo era tranquilo, se trataba de encontrarme bien y disfrutar.
Con el tiempo hallé un lugar que me encantaba, era como de película, de esas postales de lugares maravillosos. Una pequeña casa al lado de un río, todo verde a su alrededor y lleno de árboles. La casita parecía abandonada y que hacía mucho tiempo que nadie pasaba por allí, nunca me acerqué, me daba un poco de apuro que alguien me llamara la atención y me sentaba en una loma a unos doscientos metros de esa casita, desde allí tenía una vista maravillosa, encendía un cigarrillo y me pasaba horas allí.
Con el paso del tiempo pensé que los dueños habían fallecido y que sus familiares, en caso de que los tuvieran nunca les llegó a gustar el lugar, comprendía que estaba en mitad de la nada, pero era tan bonito. Varias veces quise bajar y verlo de cerca, pero nunca me atreví.
Era tanta la paz en ese lugar que a veces me quedaba dormido, y era tal el silencio que el ruido del motor de un coche me despertó. Cogí mis prismáticos de la mochila y me agazapé para no ser visto. Era un todo-terreno de un modelo bastante antiguo, pude distinguir a una sola persona, un hombre con algún año mas que yo, su conducción me hacía pensar que no era la primera vez que visitaba ese lugar, paró a escasos metros de la casa y se bajó.
No tenía aspecto de campesino, su ropa se notaba que era cara, no diría que actual, si que vestía con cierta clase, y no, no le había visto en mi vida. Se quedó inmóvil al lado del coche durante varios minutos, encendió un cigarrillo y observó todo a su alrededor, con detenimiento, con parsimonia.
Yo me monté mi propia película en ese instante, y si es un asesino y viene a enterrar a su víctima?
Y como si me hubiera estado leyendo la mente, allí estaba, abriendo la puerta del maletero de su vehículo y bajando una gran bolsa, me recordaba a esos “petates” que llevaban los soldados antiguamente. Se lo echó al hombro y después de unos metros se detuvo al lado de un árbol, lo dejó caer y volvió al coche, sacando una pala.
¡¡No me jodas!!
¿Como me puede estar pasando esto a mi?
Dejé los prismáticos en el suelo, llegué a pensar que el reflejo de su cristales podían revelar mi presencia en ese lugar, yo estaba cagado de miedo y maldiciendo mi mala suerte.
El hombre cavó solo unas cuantas paladas, y haciendo palanca levantó un trozo de madera, parecía una pequeña puerta, dejando caer la bolsa a continuación, supuse que habría un agujero pues el petate había desaparecido. Volvió a poner el trozo de madera y lo cubrió de tierra. Dejó la pala en el maletero, encendió otro cigarrillo y se puso a mirar en todas direcciones, como queriendo asegurarse que no había nadie en los alrededores.
Creo que dejé de respirar varios minutos por si mi respiración relevara mi presencia, tras esos minutos que me parecieron eternos subió al coche, lo puso en marcha y lo vi alejarse.
Estuve varios días sin coger la bicicleta, la verdad es que ni salía de casa pensando en todo lo que había ocurrido, sobre todo el lo que podría haber escondido ese hombre, imaginaba de todo, dinero, oro, joyas, papeles importantes…y si, una persona también, y eso es lo que no me dejaba dormir, ¿y si estaba viva?
Esa noche decidí ir a ese lugar, me llevé una pequeña pala que tenía para las acampadas, ca si mas para defenderme que para cavar, pues ese hombre no había cavado apenas. Dejé la bicicleta donde siempre solía descansar para ver ese paisaje, estuve unos minutos vigilando que ningún coche se aproximara, agarré mi linterna y me dispuse a bajar esa latera. Es curioso, lo bonito que me parecía ese lugar durante el día se había convertido en un lugar tenebroso en plena oscuridad. Con toda la precaución que me fue posible llegué a ese agujero, una vez más miré en todas direcciones por si alguien se acercaba.
Como había visto solo tuve que apartar un poco de tierra para ver la tapa, respiré hondo y la quité, del saco no salía ningún ruido ni movimiento alguno, no sabía si tranquilizarme porque no hubiera ninguna persona dentro de él o por el contrario, que no había movimiento porque había llegado tarde. Quité el nudo que ataba el saco y apunté mi linterna al interior, sentí alivio de que no hubiera ninguna persona, solo había dinero, jajajajaja, solo dinero, ni en mis mejores sueños hubiera imaginado ver tanto dinero a la vez, fajos de billetes de cien euros, de cincuenta, de doscientos, y hasta de quinientos. Que distinta sensación es ver esa cantidad de billetes siendo tuyos, ganados por tu esfuerzo, que en esa situación, volví atar el saco e intenté echármelo al hombro. Si, estaba dispuesto a llevármelos, sé que otros en mi lugar los hubiera vuelto a dejar ahí, pero yo no lo hice.
Me costó una barbaridad poder llevar ese saco hasta donde se encontraba la bicicleta, pesaba mas de lo que me había imaginado, y ahora venía como llevarlo en la bicicleta, no os aburriré con la penurias que pasé, solo deciros que conseguí llegar a casa con el saco intacto, y que yo supiera, sin que nadie me hubiera visto.
Ya tumbado en mi cama y estando a punto de amanecer me acordaba de todas esas películas que había visto de atracos, de gánster, y que muchas de sus situaciones me habían parecido patéticas, ahora ya no pensaba así, no hay nada como entender a otro calzando sus zapatos. Tocaba esperar a ver que sucedía, si el dinero era legal seguro que lo vería en algún periódico o informativo de televisión, si ese dinero era ilegal, robado, no habría noticia alguna.
Pasaron quince días desde que el saco estaba en mi casa, ni una noticia en ningún sitio de ese dinero, me alegré, por otro lado pensaba, y si hubiera sido dinero legal?, lo habría devuelto?. Ahora podría decir que si, que tal vez, mejor no haberme visto en ese supuesto, sinceramente no sé que podría haber decidido.
Tenía claro que yo no podía gastarme ese dinero en grandes cantidades, comprar un precioso ático en el centro de la ciudad, un coche de lujo, irme de vacaciones a lujosos hoteles en otros Países…la cuestión era vivir bien, disfrutar lo máximo posible, pero sin levantar sospechas.
Estaba seguro, no al cien por cien, que nadie me había visto, ni siquiera me crucé en esa noche con ningún coche, aunque siempre te queda ese uno por ciento de duda, de inseguridad. Y lo que nunca creí que haría se me adentró en el alma como ese amor de juventud, algo me arrastraba a ese lugar donde encontré ese saco. Pensé en esas películas donde la protagonista escapa del asesino y vuelve a la casa, y esta vez si que la mata, y yo me decía, ¡¡Jódete!!, para qué has vuelto?.
No puedo explicarlo, pero tenía que volver, y mas que eso, ver a ese hombre y saber de su reacción, era como cerciorarme de que el muerto estaba bien muerto, solo así podría descansar. Durante una semana, con todas la precauciones, fui diariamente a ese lugar, me pasaba horas allí, y ni rastro de ese hombre. No podía visitar ese lugar eternamente y me hice un trato a mi mismo, acudiría durante un mes, si no había señal de ese hombre dejaría de ir, e intentaría olvidar ese lugar, como si eso fuese posible. Al vigesimosexto día vi el coche acercarse a la casa, y bajarse de él a ese hombre.
– ¡¡Hola Rafael!!
– ¡¡Luis!!, eres tú?
– El mismo que te está apuntando con esta pistola, buscas algo?
– ¡¡Luis!!, puedo explicártelo todo.
– ¡¡Por favor!!, explícame.
– Yo no quería robarte, Tomás y Javier me convencieron de hacerlo, dijeron que ese dinero nos pertenecía por los muchos años que habíamos trabajado para ti.
– ¿No os pagaba bastante?
– ¡¡Claro que si!!, ¡¡por favor!!, perdóname, haré lo que me pidas.
– Está bien, escribe una carta de despedida para tu mujer y tus hijos, ellos no se lo merecen, yo se la entregaré.
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2 comentarios sobre ““Las bicicletas son para el verano”

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  1. Vaya , vaya, esa bicicleta le trajo un buen botín y una buena peli de ganster, el final apoteósico.
    Me alegro de leerte de nuevo.
    Espero que este estado del país no te haya afectado a ti ni a tu familia . Saludos.

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