“Esperanza”

Es pronunciar este nombre, escuchar este nombre, y venirme a la mente esa mujer que siendo yo un niño veía cortar y arreglar el pelo a mis abuelas. Ya era una mujer con cierta edad, pero aún conservaba, dentro de sus posibilidades y tiempos que le tocó vivir, su feminidad, su coquetería como mujer, aunque la mayoría de vosotros si la viera en fotos diría que feminidad ninguna, y coqueta menos.
Yo en cambio procuro ver a las personas en ese momento que les tocó vivir. En casa no extrañaba su presencia, y se actuaba como si fuera alguien mas de la familia. Mi madre, alguna vez que la había preguntado por ella me decía que no siempre se había dedicado a arreglar el pelo a las ancianas, es más, que nunca había asistido a clases de peluquería o que alguien que si los tuviera la hubiera enseñado. Eso si, tenía cierto “don” en dejar a todas las ancianas satisfechas con su trabajo como peluquera.
Siempre iba vestida de luto, cosa que tampoco me extrañaba en esos tiempos, casi todas las mujeres que conocía pasando los cincuenta años se vestían así, esa España profunda con sus miedos e ignorancia. Lástima que la mayoría de personas en esos tiempos solo conocieran el trabajo, el sufrimiento y las carencias de todo tipo.
Mi madre me comentó que nunca había estado casada, que solo se le conocía un novio hace ya muchos años, cuando era joven, pero que un día, de la noche a la mañana nunca más se supo de él, las malas lenguas decían que lo tenía encerrado en su casa, atado y amordazado en un sótano, otras lenguas, que lo había envenenado y enterrado, pero la mayoría de personas del pueblo nunca hizo caso de esas habladurías. Y que el luto se debía a la muerte de sus padres.
Curiosamente, cada vez que venía a arreglar el pelo a mi abuela, yo me sentaba frente a ella, observando sus manos, como las movía, con que destreza manejaba el cabello de mi abuela. Recuerdo una taza, llena de algún mejunje que previamente impregnada en una pequeña brocha la pasaba por todo el pelo, era pastosa, y al parecer buena para el cabello.
Mi abuela me animaba a salir a jugar con mis hermanos, primos o amigos, pero yo me movía hasta que Esperanza terminaba, ella le decía a mi abuela…”Deja que el demonio se quede, aquí hará menos daño que fuera”, esa frase no me molestaba, yo era el puto Lucifer en esos tiempos, no había día que uno de mis hermanos o primos no llegara a casa llorando por haberles pegado.
Pasaron un par de años, y aunque yo seguía siendo un niño ya comprendía y entendía mejor las cosas que me rodeaban. Mi madre, mis hermanos y yo acudíamos a casa de mi abuela a diario, allí se reunían también mis tías y primos, en aquellos tiempos era de lo mas normal que después de la siesta las hijas fueran a casa de la madres para visitarlas y estar unas horas con ellas. En la misma calle donde vivía mi abuela, también vivía Esperanza, a unos cincuenta metros, y normalmente pasaba al lado de su casa, yo sabía perfectamente que vivía allí.
Ese día, caminando yo solo en dirección a casa de mi abuela vi la puerta abierta de la vivienda de Esperanza, supongo que la curiosidad del niño pudo mas que el miedo que pudiera tener, me acerqué y metí mi cabeza por si la veía dentro, no logré ver ni escuchar nada, cuando de pronto una voz me invitó a pasar y tomar un refresco, era Esperanza. No tuve tiempo a decirlo si o no cuando con su mano en mi espalda me acompañó a entrar, aún recuerdo ese ruido de la puerta al cerrar, me pareció atronador, y lo peor es que tuve la sensación como si me encerrarán y no volver a ver la calle nunca más.
Esperanza nunca me había demostrado ser mala persona, nunca había escuchado nada malo de ella, salvo las habladurías que me había contado mi madre que decían de ella en el pueblo, pero también es cierto que no tenía esa mirada dulce cuando miraba a la gente, sobre todo a los niños, mucho menos a mi, mirarla a los ojos era como una oscuridad infinita, tristes, impasibles…sin vida.
La habitación estaba llena de cuadros, de personas ya ancianas, como si la juventud nunca hubiera existido. Los muebles aunque ya antiguos estaban muy bien cuidados, y la limpieza era extrema. Intuía que esa mujer o su familia habían tenido dinero, su vajilla denotaba calidad, hasta me atrevería a decir que era de plata, para servirme un simple refresco había sacado una bandeja con una gran jarra y dos vasos. A mis pocos años de edad nunca había visto tanto “lujo”, reconozco que estaba muy atenta conmigo, pero yo no podía evitar estar incómodo, tener miedo, temblarme la voz. Después de tantos años, cuando recuerdo ese día aún me dan escalofríos.
Yo no sabía que decirle, que conversación tener con ella, me limitaba a responder a sus preguntas, casi todas ellas acerca de mi familia, que si estaban bien, el trabajo de mi padre, las penurias que habían pasado de niños…y yo no sé como sucedió, de mi boca salió…¿No tienes hijos?
– ¿Alguien te ha dicho que tuviera hijos?
– No…pensé que siendo ya una…¡¡lo siento!!
– Querías decir una anciana, verdad?…No pasa nada, me guardarías un secreto? Algo que solo tú y yo sepamos.
– Si.
– Recuerda, si rompes nuestro secreto, acudiré de noche a tu casa, a tu cama, y te llevaré conmigo.
– Os puedo jurar que si me hubieran torturado no habría dicho nada de lo que a continuación me contó.
– Hace ya muchos, muchos años, cuando yo era una jovencita, tan solo unos años mas que tú, vino a casa un hombre que huía de otros hombres. En España todavía no había comenzado la guerra civil, pero la vida era muy dura, sobre todo porque no había justicia ni libertad, y en los pueblos como este se pasaba hambre.
Mi madre fue muy reticente a que ese hombre se quedara en casa, no a ayudarle en la medida de lo posible, pero si a que se quedara oculto en nuestra vivienda, pero mi padre insistió, mejor dicho, ordenó que si se quedaría.
Nunca llegué a preguntarle a mi padre, pero era como si le debiera algo a ese hombre, como si estuviera obligado a protegerle, cuidarle, y hasta hacer todo lo que me pidiera sin protestar.
Ese hombre, “mi querido demonio”, visitaba mi cuarto todas las noches, ¿Sabes lo que quiero decirte?
– Si…más o menos. ¿Tus padres no te ayudaban?
– No, y dejé de gritar, de pedirles ayuda a la segunda noche que ese hombre entró en mi cama al comprobar que ni mi madre ni mi padre acudían en mi ayuda, era como si ese hombre tuviera el permiso de ellos, como si le temieran, como que se debía permitir sin rechistar. Al cabo de unos meses quedé embarazada, ¿Quieres mas refresco?
– Si, pero por favor, continúa.
Tuve a mi hijo, era un niño. Mi madre no llamó a nadie para que la ayudara en mi parto, tampoco nadie supo nada de mi embarazo, estuve varios meses sin salir de casa, mis padres no me lo permitían.
– ¿Y donde está tu hijo?
– Muerto.
– ¿Que ocurrió? (Os juro que el corazón se me salía por la boca)
– Yo pensaba que con el tiempo las personas del pueblo sabrían de la existencia de mi hijo. Pensaba que mis padres no me dejarían encerrada de por vida, y que ese hombre, tarde o temprano abandonaría mi casa.
No puedo explicarte que ocurrió, pues no tiene explicación, al menos no una explicación que se pueda entender.
A los pocos días de nacer mi hijo mi madre entró a mi habitación acompañada de mi padre y de ese hombre, me dijo que tenía que llevarse al niño, le pregunté que porqué motivo tenía que llevárselo, no fue muy clara en su respuesta, que tenía que lavarlo, ponerle ropa nueva…que acudiera a mi habitación con mi padre y ese hombre me hizo sospechar que no se llevaba a mi hijo para lo que ella me decía.
Después de unos minutos, salí de mi habitación para comprobar por mi misma donde estaba el niño, solo me dio tiempo a ver como mis padres y ese hombre se alejaban con mi hijo, intenté seguirlos, pero me fue imposible ya que todavía estaba muy débil por el parto. Esperé y esperé varias horas a que regresaran, ya bien entrada la noche escuché como abrían la puerta de casa, me escondí tras la puerta de mi habitación intentando poderles escuchar. El silencio era sepulcral, y lo que es peor, no escuchaba a mi hijo. Tuve varios momentos de querer salir de mi habitación para preguntarles donde habían estado, y sobre todo cerciorarme de que el niño estaba bien, pero no lo hice, creo que en fondo no quería saberlo, pues intuía que nada bueno le había ocurrido a mi hijo.
Estuve toda la noche en vela, rezando para que nada malo hubiera sucedido, esperanzada en que todo fuera un mal sueño, pero no, no fue un sueño. Al amanecer salí de mi cuarto, allí estaban los tres, con sus tazones de leche como si nada hubiese sucedido, y ni rastro de mi hijo, la angustia me embargaba.
– ¿Donde está mi hijo?
– Siéntate hija, tengo algo que decirte.
– Te he preguntado donde está mi hijo…¿Donde está mi hijo?
– ¡¡Hija!!, el niño está muerto. Le llevamos al médico del pueblo y no pudo hacer nada por él.
– ¡¡Mi hijo no estaba enfermo!!, ¿Que habéis hecho con él?
– Le vimos unos salpullidos, que no movía bien las piernas, pensábamos que estaba “quebrado”, no quisimos asustarte y por eso no te dijimos nada. Pero el pobre tenía “cosa mala” y Don Miguel (el médico) no pudo hacer nada por salvarle la vida.
– ¿Donde estááááááá?
– Se lo entregamos a Nicasio, el enterrador, al no estar bautizado lo enterró en una fosa común. Es lo mejor hija. Dios no ha querido a ese hijo.
Supongo que me desmayé, solo recuerdo estar tumbada en mi cama con un paño frío en la frente y mi madre a mi lado. Me contó que llevaba tres días delirando y que temían por mi vida.
– ¡¡Demonio!!, ¿no quieres unas galletas?
– Lo que usted quiera, pero termine por favor.
– Antes de continuar quiero hacerte una pregunta, nunca has escuchado nada “malo” de mi en el pueblo, en tu casa.
– La verdad es que si, mi madre me dijo que en el pueblo se comentaba que usted mató a su novio, pero yo no lo creo, como dice mi madre, son habladurías de viejos.
– (Esbozó una sonrisa) Pues no demonio, no son habladurías de viejos, es cierto, maté a mi novio…y a mis padres
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