RELATO

El ovillo de lana.

Sigo sin aprender. Cada vez que Raquel me recomienda una película es perder dos horas de mi tiempo. Creo que todavía no me conoce si piensa que todo este romanticismo me gusta. Siempre que estamos juntos no es precisamente el cariño y la dulzura la que predomina, incluso en la intimidad ha sido todo llevado al límite, al extremo. No es precisamente «un te quiero» o «un te amo» lo que escucha de mis labios cuando me la estoy follando. Quizás, ahora que lo pienso con detenimiento, sea lo que quiere, más sentimientos por mi parte. Se lo preguntaré en cuanto la vea.
Observando a Samanta —mi gata— cómo juega con su ovillo de lana, me da por pensar que la felicidad es muy sencilla, en el fondo está ahí, solo tienes que cogerla. Dios nos dejó a nuestro libre albedrío y quién soy yo para contrariarle.
Enciendo un cigarrillo, no porque me apetezca fumar, sino porque llevo unas horas sin hacerlo y echo de menos algo entre mis dedos. Me apetece servirme un poco de ese cóctel que trajo Raquel, en eso es muy buena, este en especial es mi preferido: una mezcla de amargo y dulce a la vez, fuerte, intenso, pero sin llegar a sentirte mal.
Hace varios minutos que sus gritos empiezan a crisparme los nervios. Con mi mano derecha lanzo con fuerza el ovillo de lana al otro lado de la habitación, Samanta me enseña sus dientes e intenta darme un zarpazo. Ha sido un error por su parte, agarro su pequeño cuello con fuerza y, después de elevarla, la estrello contra la mesa. Sus afiladas uñas se clavan en mi mano, intentando fajarse de ella. Es inútil por su parte, hace tiempo que mi cuerpo no experimenta ningún dolor. En su mirada percibo el miedo al ver cómo sujeto esa larga aguja para tejer la lana. Sabe que su final se aproxima, sus uñas salen de mi carne y sus pequeñas patas se retiran de mi mano. Está vencida, espera mi gracia o su aniquilación. Hasta hace unos segundos quería clavar esa aguja en su cuerpo y esperar su muerte, pero no, ella ha sido una buena compañera. Meto el extremo de la aguja por su cuerpo y hago fuerza hasta hacerla salir por su nunca. La línea de sus ojos empieza a perder brillo, se apaga lentamente. Se me hace demasiado larga su agonía, cojo el vaso con el cóctel y aplasto su cabeza. Lástima de bebida.
Los gritos continúan mientras me lavo las manos, lleno un nuevo vaso de cóctel. Ahora si me apetece un cigarrillo. «¡Ya voy cariño!»
Bajo con tranquilidad los escalones hasta llegar al sótano. La escena es preciosa, me ha quedado un maravilloso cuadro. Raquel, atada de manos con cadenas, elevada lo suficiente para que solo pueda tocar con la punta de sus pies el suelo, hace que su bello cuerpo se estilice. La falta de varios dedos, la extirpación de uno de sus ojos y de uno de sus pezones, no la hacen menos deseable, al contrario. La sangre envuelve su cuerpo como un delicado vestido.
—¿Que llevas en la bolsa?
—Un regalo para ti.
—Por favor, Amomfis, suéltame.
—¡Vaya! Por fin sabes pronunciar bien mi nombre.
—Te juro que no contaré a nadie lo que ha sucedido aquí, nadie sabrá nunca que has sido tú, créeme, por favor.
—Te creo, no te preocupes, pronto te liberaré. ¿Siempre te gustó Samanta, verdad?
—Sí, sí, es una gata preciosa.
—Bien, ese es tu regalo, te la he traído para que te haga compañía. Todavía le queda un halo de vida, seguro que sus últimos instantes los quiere junto a una amiga. ¿Sabes? He leído que una precisa incisión en el estómago con un bisturí no causa la muerte inmediatamente, la persona tiene varios minutos de vida aún. Y qué mejor final para dos amigas como Samanta y tú que permanecer unidas, ¿no crees?
—¡Eres un puto enfermo, un ser despreciable!
—Supongo que sí, mira, en eso sí me conoces.
A veces las cosas son más difíciles de imaginar en tu cabeza que llevarlas a cabo en la realidad. Es curioso cómo un afilado bisturí abre con tanta facilidad la carne. Una de las pequeñas patas de Samanta aún se movía cuando la introduje dentro del estómago de Raquel. La larga aguja me sirvió ensartar amabas partes de estómago, lo suficiente para que el cuerpo de Samanta no se cayera. En cierta manera el rictus de la muerte y del placer se parecen, solo es cuestión de imaginación.
Tengo que ducharme o llegaré tarde a la cita con Paula.
—Por cierto, cariño… delicioso el cóctel.

Ovillo

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6 thoughts on “El ovillo de lana.”

  1. La ostia… Has conseguido que se me ponga mal cuerpo! Madre mía… Menudo psicópata. Si pudiera le clavaría yo la aguja a él en los ojos! Pobre gato…
    Muy bueno, aunque sea duro de leer.
    Un saludo!

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  2. Tengo especial predilección por los gatos. Son libres, inteligentes, cariñosos a su modo y poseen un sexto sentido para distinguir a las personas buenas de las que son cínicas. No hubiera matado al gato, solo a la mujer. El gato lo hubiera usado para lamentarse por la muete de la chica y hubiera hecho aún más demonio al demonio.

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