No llores…

De regreso a casa todo me parece diferente. No digo que la luna me parezca más grande o más bonita. Las estrellas escriban nombres en su distancia. La rata que se me acaba de cruzar me parezca menos desagradable. Pero sí que merezca todo la pena, conocer a Carmen ha sido con creces lo mejor que me ha pasado en la vida. Me sorprende día a día. Me enamora cada vez cuando creía ayer que no podría amarla más. No quiero tener prisas con ella en nada que pueda incomodarla. Prefiero tener con ella toda la paciencia que sea necesaria. Qué me importa nada si es ella lo importante.
Las calles están solitarias, en silencio, pero que me importa. Qué me importa nada. Si hasta ese perro parece hablarme, sí querido amigo, sí, estoy enamorado. Qué me importa lo que me ocurrirá dentro de unos minutos. Qué me importa pensar si lo importante es lo que siento. Qué me importa entender si no quiero hacerlo. Y miro al suelo, lanzo mi pierna como si fuera a golpear algo, qué me importa si no golpeo nada. Mis manos en mis bolsillos se aprietan con fuerza, quizás porque saben lo que me espera. Pero qué me importa nada, si es ella la importante.
—¡¡¡Buenas noches!!!
—¿Buenas noches? ¿De dónde vienes?
—Ya sabes padre de dónde vengo, de verla a ella.
—¿Este es el hijo de puta de has parido, Juana?
Veo cómo mi nombre comienza a llorar. Pero no se te ocurra tocarla, eres un miserable animal. Si le alzas la mano juro por Dios que pagaré mi condena con gusto.
—¿Te quitas el cinturón, o prefieres la goma del butano?
—¿Cual prefieres?
—Me da igual, como si has traído algo nuevo para infligirme más dolor, ya no me duele nada que me hagas.
Reconozco mi silla, su respaldo que cobija mi pecho. Me quito la camisa y me siento. Le oigo cómo jadea con cada latigazo sobre mi espalda, cómo se cansa cada vez más. Hace tiempo que no me he visto la espalda, no quiero hacerlo, es como recordarle y no quiero ni eso. Ya no siento dolor, ya no siento nada.
Abro los ojos y estoy en el suelo, en un gran charco de sangre. Mi madre llora. «No llores mamá, es un día menos». Me duelen sus lágrimas, más que mi propia vida. No llores mi ángel que pronto pasará todo. ¿Por qué a una madre la hacemos sufrir tanto? Pienso que a veces es su condena crear vida pero no vivirla en paz desde ese momento. Y yo quiero quitarle esa parte de mi dolor. «No llores mamá y abrázame».

N llores

Los siguientes meses, años nada cambia. Paso del cielo de estar con Carmen al infierno en casa en el mismo día. Pero pronto llegará mi momento. Nuestro momento. Llego a pensar que todo infierno es necesario, que en todo infierno hay ángel. Y me duele mi madre, más que mil latigazos. Vaciaría toda la sangre de mi cuerpo a cambio de no ver una lágrima de ella por un salvaje. Y parece que ha mejorado la técnica, ya no siento el látigo, ahora son golpes secos que me amartillan el pecho. Mi querida silla, abrázame y no me sueltes, pronto acabará todo. Y veo a mi madre. «Esta vez se ha pasado, ¿no, madre?» Me cuesta respirar, pero pronto pasará todo. «No llores, madre, nuestro momento ha llegado».
Han sido tantas las ganas de querer salir del infierno que he aprobado tres oposiciones. Puedo elegir destino. Lejos de aquí, muy lejos. Ya no le digo lo que la amo, siempre me equivoco. Creo no poder hacerlo más y al día siguiente, sucede, la amo más, y más, y más. Nunca creí que mi cuerpo podría hacer eso, no tiene barreras ni límites con ella.
«No llores madre, no te culpes. Él no necesitaba excusas para azotarme, ese hombre solo te cortejó unos meses. Nunca te besó ni tocó la mano. Fue el destino que ese hombre fuera el padre de Carmen».
Nunca quiso a nadie, tampoco se quiso a él mismo. Hasta deberíamos estarle agradecidos, yo no estaría aquí. No existiría, ¿no, mamá? Por ahí viene Carmen, ¿No te parece preciosa, mamá? Álvaro se enfada porque Esther siempre llega primero a besar a su madre. «Perdóname, madre». Paso mi mano por su mejilla, apartando su cabello, la beso, «¿por qué me haces sentir así, Carmen?
¿Por qué no tengo descanso? ¿Por qué no me conformo? ¿Por qué te amo tanto?»
Y esperas a la noche, esa oscuridad que parece abrigarte. Y te veo llorando mi amor, no llores Carmen. Lo hice con gusto, con placer. Lo hice por amor. ¿Sino lo hacía por ti, por quien? Te sigo amando, más que nunca. Nunca hubieras aceptado mi pulmón sabiendo que el otro ya no cumplía su misión. Qué me importa nada, si eres tú el motivo del todo mi existir. No llores, Carmen. Al menos puedo verte, me dejan amarte desde aquí. No tengas prisa, vive, vive por los dos. Yo te esperaré como siempre. ¿Ves? Ya te veo aparecer, Álvaro sigue llorando y Esther se ríe. ¿A que es preciosa mamá?.

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4 thoughts on “No llores…

  1. Me has despistado un poco con este relato , a ver te cuento creo que CARMEN es la misma de los anteriores pero no sé si al final es la madre de los hijos del protagonista … eso por un lado y por otro , quien la los latigazos al prota , el padre de Carmen y si así es no nos hermanastros … perdona lo he leído con atención y me gusta la historia pero me pierdo en esos puntos .
    De todos modos me da la sensación que escondes algo en esta historia sea real o medio real ajjaja .Un besote y una cosita …gracias por tus comentarios .

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    1. Quizás no haya sabido escribirlo adecuadamente. Carmen no es nada de lo anterior que haya escrito. Carmen es la madre de los hijos del protagonista. Quien da los latigazos es el padre del protagonista. Siempre tienes tú lógica, escondo algo, y la historia es medio real, me atrevería a decir, casi real del todo. Besazooossss. Al final querré conocerte.

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