RELATO

La vida a través de la mirada…

Después de dos meses, la relación con Sandra no es la que me había imaginado. Entiendo que todavía es pronto, que todo lleva un proceso de conocerse mejor. Pero somos muy diferentes y eso no lo curará el tiempo. Ella esta en un mundo de príncipes azules y yo en el del imperio de los sentidos. Nada que ver ambos mundos. Aunque no tengo nada que reprocharle, era yo quien rezaba a Dios para que fuera mía. Esos largos recorridos a pie para verla, creo que llega a ser triste si el pasado lo recuerdas como algo mejor que el presente. No puedo, no soy yo cuando me pide ir de la mano cada vez que estamos en la calle, me tiene que nacer hacerlo. Aunque he de reconocer que a veces no tengo tacto con ella, cuando me llama la atención porque voy diez pasos delante y no me he dado cuenta. Me parece absurdo entrar a la discoteca y estar besándose horas sin despegar los labios como a ella le gusta. No encuentro el sentido o el placer en eso, en todo caso, labios dormidos, o no sabes si es la lengua lo que tienes dentro de la boca o un chicle que ya ha perdido el sabor. Es como si todo eso me supiera a poco o ya lo he vivido y quiero avanzar. Ella siempre me dice que nunca me conformo con nada, que hemos hecho más cosas que otras parejas llevando más tiempo. Y para mí eso no son razones o argumentos. ¿Qué me importa lo que hagan los demás? Y lo de no conformarme es una forma de entender mi vida, no es que quiera más y más, es que pienso que el día que pare, que me conforme, entraremos en esa etapa de difícil vuelta, la de la monotonía y el descuido. Sé que pone interés y lo intenta, pero no sale de ella hacerlo. Mis amigos me cuentan lo que hacen chocando sus manos entre ellos, como habiendo ganado una gran carrera, y yo pasé hace tiempo por lo que ellos se vanaglorian. Y, sin embargo estoy disconforme, quizás el raro soy. Luego parece que ese favor que me hizo Dios me lo paga en forma de verla menos que mis amigos a sus chicas. Comprendo que tenga hermanos y padre a los que hacer la comida y cena, limpiar la casa y trabajar, su madre falleció y todo se complicó aún más para ella. Pero nada me reconforta, nada me da paz sobre cómo entiendo mis sentimientos. Me paso dos horas esperando verla cada día, Eusebio me trae demasiado pronto en su coche, pero o es eso, o venirme andando quince kilómetros. Estaré tan obcecado en todo esto que no me había dado cuenta en todo este tiempo que hay una biblioteca frente a mi.
—!!!Hola!!!
—!!!Hola!!!
—¿Tengo que sacarme algún tipo de carné para leer un libro?
—Si es para leerlo aquí dentro no sería necesario, si es para llevártelo a casa necesitaría tus datos.
—No, no, sería para leerlos aquí.
—¿Leerás un libro en tan solo dos horas?
—¿Perdón?
—Jajajaja, lo siento, perdóname por favor, como te veo a diario ahí sentado dos horas hasta que viene Sandra, me vino eso a la cabeza.
—Supongo que pareceré un idiota ahí sentado, hasta no me había dado cuenta que había una biblioteca.
—No pareces idiota, me resulta muy tierno verte esperar a tu amor.
—¿Que libro me recomiendas?.
—Mejor me dices tú que género te gusta más, ¿No crees?
—Llevas razón, perdona. Siempre me ha gustado el suspense, misterio, terror…
—Entonces creo que tengo algo ideal para ti, son relatos cortos de los grandes autores del terror. Y siempre podrás terminar el que quieras si tienes que marcharte, así, si vuelves, podrás empezar otro relato nuevo.
—Me parece bien, ¿Te acompaño?
—Eres muy amable, pero no es necesario. Siéntate en aquella mesa y ahora te llevo yo el libro.
—Gracias, ¿puedes decirme tu nombre?
—Anabel.
—Yo me llamo Alex.
—Lo sé… ¿Me esperas sentado?
Qué caprichosa es la vida, en diez minutos me había sentido más cómodo hablando con esta mujer que con Sandra en todos los meses de relación. Tras ese encorsetado vestido se vislumbra un cuerpo precioso, su gafas y peinado no le hacen ningún favor. Es muy guapa, pero es como que no quisiera que se supiera. Sus ojos son tristes pero muy bellos. Sus zapatos poco atractivos para alguien aún joven. La verdad es que me ha cautivado, tampoco entiendo el porqué. Sandra está a punto de llegar y decido irme sin apenas ojear ese libro.
—Me tengo que ir, Anabel, aquí tienes tu libro, gracias por todo.
—¿Vendrás mañana?
—¿Te gustaría?
—Era por guardarte el libro y que nadie lo cogiera.
—!!!Ahhh!!!… Sí, volveré mañana.
—Hasta mañana, Alex.
—Hasta mañana, Anabel.
No se puede hacer más el ridículo en menos tiempo. Sandra y yo terminamos la relación, era absurdo continuarla. Ella encontraría alguien que la hiciera más feliz que yo. Pero seguí como si nada hubiera cambiado, esperaba cada tarde a Eusebio y recorría esos kilómetros en silencio, deseando verla. No buscaba un porqué, deseaba estar a su lado. Las semanas hicieron conocerla mejor, la biblioteca no era muy concurrida y casi siempre estábamos solos. Pero como un tonto enamorado salía a la misma hora, haciendo como que llegaba Sandra. Supe que era madre soltera, quince años mayor que yo. Que el pueblo la había llamado de todo. Que sus padres y hermanos renegaban de ella, y que gracias al alcalde, gran amigo de la familia había conseguido ese puesto de trabajo que le servía para alimentar a su hijo y llevar una vida digna.
Empezó a vestir de forma diferente, más acorde a su cuerpo y edad. Cambió sus gafas, su peinado, sus tacones. Eso me daba a entender de alguna forma que yo le gustaba. Si ya me pareció guapa la primera vez que la vi, ahora me era preciosa. No tenía ojos para nada ni nadie. Mi vida era ella. Mi propósito, hacerla feliz.
—¡¡Cariño!! ¿Qué haces ahí sentado, no puedes venir aquí a mi lado?
—Sabes que siempre me ha gustado observarte desde lejos, siempre me has parecido preciosa, ahora más.
—No seas tonto, preciosa dice, soy una vieja, Alex, que casi ya no puedo ni andar.
—¿Que te cueste andar o esas arrugas, hacen que yo no te vea preciosa?
—Siempre has sido un adulador, has tenido ese ángel y demonio en armonía que tanto me encanta, que me enamoró y que sigue haciéndolo.
—Seguro que ya no me quieres igual y le has echado el ojo algún jovencito.
—Jajajaja, no seas tonto, ¿quién va a querer a una vieja como yo?
—El hombre más afortunado del mundo, ese es el que te quiere.
—¿Sabes, cariño? Supe al día siguiente que habías roto con Sandra, nunca te lo dije, esa noche recé como lo había hecho antes porque volvieras al día siguiente a la biblioteca. Que haría la promesa que hiciera falta porque me quisiera y amaras. Por tener otra oportunidad.
—No llores, mi vida, que te pones muy fea. Yo ya no sabía que hacer para que te gustara, hasta me daba igual si hacía el tonto y te sacaba esa dulce sonrisa. Me has hecho muy feliz, Anabel, no hizo falta que me dieras ningún hijo, Gonzalo lo sentí como mío, y él siempre me ha demostrado quererme como a un padre.
—¿Ahora vas a llorar tú?
—Me da miedo que puedas irte antes que yo
—Anda, tonto…ven por favor, no llores.
—Prométeme una cosa, cariño, si ves muchos hombres guapos allí arriba dame una oportunidad.
—Nunca podrá haber otro hombre para mí, nunca lo hubo desde que te vi por primera vez ahí sentado, esperando a Sandra, creo que ya estaba enamorada de ti.
—¿Te he hecho feliz,Anabel?
—Tanto que en diez vidas no podré pagarle a Dios. Hasta cuando no podíamos amarnos como tanto nos gustaba lo supliste con algo mejor, tú mirada. Siempre me he visto deseada en esos ojos tuyos, aún siendo una anciana. Me sigues poniendo nerviosa como a una adolescente.
—¿Me dejas cogerte la mano?
—¿Ahora me pides permiso, que te pasa Alex, estás bien?
—Si, estoy bien, pero me ha faltado vida para dártela, se ha hecho de noche y tardaremos en llegar a casa. ¿Pedimos un taxi?.
—¿Quieres meterme mano?
—Siempre mi vida, siempre.

hoy

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15 thoughts on “La vida a través de la mirada…”

  1. Que tierno relato y cuanta verdad esconde , una historia muy bien contada y dando unos matices que son super importantes , cuando ves que tú pareja te deja de interesar pero que intentas poner remedio pero que va el amor como la canción de Dylan esta en el aire y a tu personaje le estaba esperando en la biblioteca .
    Me ha gustado muy bueno sobre todo tierno.
    Un saludo y feliz fin de semana .

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