Las ataduras de la amistad…

Como cada sábado, Juan, Manolo, Luis y Javier quedaban en su bar habitual, ya llevaban un par de cervezas y Manolo aún no había llegado. Las partidas de dardos hacían mas amena la espera, Luis decidió hacerse un porro de marihuana y los demás sonrieron…
— Pronto vamos a comenzar – dijo Javier
— Porqué no, me apetece, además, un par de ellos a la semana no hacen daño a nadie
– respondió Luis
— Que circule el porro, donde se habrá metido este tío – exclamaba Juan
Pidieron otras cervezas mas cuando en ese momento se abrió la puerta del local, era Manolo. De los cuatro era el mas tímido, mas reservado, su padre falleció cuando él era un niño, su madre y las dos hermanas le habían cuidado y protegido en exceso.
— Que ocurre, al niño no le dejaban salir ? — comentó Luis
— No, no es eso, pero ya conoces a mis hermanas y mi madre, que ya era tarde y
podríamos dejarlo para otro día – dijo Manolo como disculpándose
— Tanta protección, joder !! te van a volver maricón entre todas – dijo cabreado
Javier.
Luis puso algo de calma en todos, era quien llevaba la voz que todos respetaban. Había pensado en ir a Almagro, no vamos muy a menudo y las chicas son preciosas. Todos estuvieron de acuerdo y pidieron una última ronda de cervezas. Tenían por costumbre que cada semana, uno de ellos ponía su coche para visitar los distintos pueblos cercanos. Subieron al vehículo de Javier, Luis iba en el asiento de al lado, Manolo y Juan en los de atrás.
A mitad del camino pasaban por un pueblo llamado Pozuelo, el cementerio de esa localidad se encontraba al lado de la carretera. Luis tocó con su mano la pierna de Javier.
— Para un momento, tengo ganas de mear – sonriendo dijo Luis.
— Si, para, llevo un rato que no me puedo aguantar – reía Juan.
Javier redujo la velocidad y giró hacía la derecha, un camino que daba a la entrada del cementerio, apagó el motor del coche y todos salvo Manolo salieron para orinar.
— Estaba pensando en quitarle tanta tontería a este – comentó Luis girando la
cabeza y señalando al coche.
— Y que habías pensado ? – preguntó Juan.
— Dejarle aquí solo en el cementerio, así se le quitará el miedo a los muertos y
todas las chorradas que cuenta siempre – dijo Luis.
— Joder Luis !! , no te parece fuerte, y si le da un ataque de pánico, o peor, un
infarto y la cagamos – volvió a responder Juan.
— Tú que dices Javier ? – preguntó Luis.
— Tengo una cuerda en el maletero del coche – dijo como respuesta Javier.
— Perfecto, hacerle salir del coche con algún pretexto – ordenó Luis.
Estando todos fuera del vehículo Luis hizo una señal a Javier y Juan, estos agarraron con fuerza a Manolo. Luis se dirigió a por la cuerda. Manolo no entendía nada, preguntaba que estaban haciendo. Ninguno contestaba, le apoyaron la espalda a la puerta del cementerio, medía unos ocho metros de longitud, cerrada por abajo hasta media altura y a continuación varios barrotes, separados entre si por unos veinte centímetros. Luis agarró una de la muñecas de Manolo y pasando la cuerda por los barrotes la sujetó a ellos, después hizo lo mismo con la otra mano. La estampa era tétrica, Manolo llorando, suplicando le desataran y sus amigos en silencio. Subieron los tres al coche y se alejaron. Luis intentó tranquilizar a los demás diciendo que pronto volverían a por él, que luego todos reirían juntos recordando la escena.
Decidieron no ir Almagro, quedarse cerca del cementerio, y aparcaron en un camino próximo. Hablaron de esperar treinta minutos antes de regresar para liberar a Manolo. Después de un rato los tres se durmieron, las cervezas y el porro ayudaron a ello.
Sobre las cinco de madrugada Javier despertó.
Las ataduras de la amistad

— Joder !! despertar, no hemos quedado dormidos !!
— Que hora es ? – preguntó Juan aún medio dormido.
— Arranca el puto coche y vamos a por él – gritó Luis
Al llegar a la puerta del cementerio…no estaba Manolo. Esta se encontraba medio abierta, en el suelo, la cuerda. Se miraron extrañados, con miedo, preguntándose donde estaría. Pensaron que podría haber entrado al cementerio para esperarlos, pero ninguno de ellos se atrevió a entrar. Gritaron su nombre a través de los barrotes, una y otra vez…nadie contestó. Tocaron el claxon del coche por si las voces no eran suficientes para hacerse oír. Nada, todo era inútil, Manolo no estaba allí. Javier pensó que podría haberse liberado y acercase a la carretera para hacer auto-stop, quizás ya estaría en casa. Durante el regreso a casa intentaron calmarse, se disculparían ante él y seguro todo quedaba en nada.
A la mañana siguiente la madre de Luis le despertó, Andrea, una de las hermanas de Manolo le llamaba por teléfono.
— Luis ? Manolo no ha regresado a casa, está contigo ?
— No…no, no está conmigo
— Con Juan, con Javier ?
— No..ayer Manolo no vino con nosotros – no se le ocurrió otra respuesta,
necesitaba tiempo para pensar.
— Como que no fue con vosotros, antes de salir de casa nos dijo que había quedado
con vosotros – su voz comenzaba a quebrarse.
— Si, es cierto, estuvo con nosotros en el bar tomando unas cervezas, pero antes de
salir del pueblo nos dijo que no se encontraba bien y que detuviéramos el coche
para irse a casa – Luis pensaba en las respuestas sobre la marcha.
— Llamaré a otos conocidos, por favor si sabes algo tennos informadas, estamos muy preocupadas – se despidió Andrea llorando.
Inmediatamente Luis llamó a Juan y Javier, le estuvo contando la conversación con Andrea. Todos contarían lo mismo, que se bajó del coche antes de salir del pueblo, contar la verdad les llevaría a tener problemas. Le preguntaron en el caso de que apareciese Manolo quedarían como mentirosos y malas personas. Ese sería un problema mas adelante, ahora es mejor tener todos la misma versión les comentó Luis.
Manolo se dio por desaparecido, pasaban los días y no se sabía nada de él. La policía interrogó varias veces a los tres sin obtener nada. Se mantuvieron fuertes en su versión, en su mentira, en su macabro acto. Rosa y Andrea visitaban con frecuencia las casas de los amigos de su hermano, nunca creyeron su versión de los hechos. Sin pruebas, sin testigos, sin encontrar a Manolo las investigaciones estaban en punto muerto y poco a poco se fue olvidando lo ocurrido. Muchas personas en el pueblo pensaron que se habría ido voluntariamente. Sus amigos tenían la lección bien aprendida, no hablarían nunca mas de ello, y mucho menos por teléfono o en sitios públicos. Fueron pasando los meses, los años, y salvo por Rosa, Andrea y su madre Elena que intentaban que nadie olvidara a su hermano los demás habitantes de la localidad siguieron con sus vidas.
Quince años después una noticia saltó a los periódicos, cadenas de televisión, radio…de todo el país. El funcionario encargado del cementerio de una pequeña localidad había fallecido. Ante la alarma de los vecinos que no sabían de él durante días y el hedor que salía de la casa donde vivía situada dentro del cementerio hizo que varios policías encontraran el cuerpo. Oyeron unos lamentos que procedían de debajo de la casa, quitando unos tablones descubrieron un sótano tan grande como toda la vivienda superior. Sentado en una silla, al lado de una gran mesa se encontraba una persona obesa, con la cara deforme, sin varias piezas dentales, asustado…frente a él, a unos metros, cinco sillas, en cada una de ellas, un cuerpo. Algunos policías se acercaron a ellos, estaban inmóviles, como consumidos, los huesos casi traspasaban sus delgadas pieles. Sus bocas desencajas, sus tez de marrón oscuro, la expresión de sus rostros era de sufrimiento, de terror. Los médicos certificaron la muerte de todos.
Dos meses después salió el informe de la policía en todos los medios de comunicación. Los forenses habían identificado las causas de las muertes de esos cinco infelices. Inanición, heridas cortantes en todo el cuerpo, muñecas casi desprendidas del cuerpo a causa de ataduras, dedos de manos y piernas seccionados. Tres de ellos con las cuencas de los ojos vacías, brazos llenos de punzadas…nunca habían visto nada igual. Los cuerpos fueron identificados, uno de ellos era el de Manolo.
La terrible noticia cayó en el pequeño pueblo como una losa. Todos los habitantes hablaban de ello. Rosa y Andrea se quitaron al menos una carga en su dolor, ya sabían donde estaba su añorado hermano, su madre Elena había fallecido unos años antes sin saber que había sido de su hijo. No entendían como en tantos años esos hombres pudieron ocultar sus terribles torturas.
Andrea no paraba de mirar a Luis, Juan y Javier en el entierro de su hermano. Estaba segura que ellos sabían algo, nunca creyó su versión el día que desapareció Manolo. Al terminar se acercó a ellos.
— Ruego a Dios que ninguno de los tres haya tenido nada que ver con la muerte de mi
hermano y el tremendo dolor en el que ha sumido a mi familia, pero si es así, que
cada minuto del resto de vuestras vidas sea un infierno.
Impasibles, no contestaron a Andrea y marcharon en silencio hacía sus casas. Durante los días siguientes los tres acudieron a los servicios médicos de la localidad. No podían dormir, era cerrar los ojos y sus cuerpos convulsionaban, de sus bocas salían extraños gemidos de ultratumba…explicaban sus esposas a los distintos facultativos. La policía volvió a interrogarles, pensaban que lo que les ocurría después de encontrar el cuerpo de Manolo no era casual. No consiguieron nada, mantenían lo que dijeron varias años atrás. La gente del pueblo comentaba lo sucedido, algunos decían haberles visto vagando de noche por las calles sin parecer conocer a nadie, sin ser conscientes de lo que hacían o donde estaban. Las esposas de los tres acudieron a las autoridades, no descansaban en casa. Luis, Juan y Javier habían entrado en una extraña locura, hablaban solos, sus ojos parecían salirse de sus cuencas, no reconocían a sus familias, sus cuerpos en permanente movimientos como en un tic tac de ese péndulo de un reloj de pared. Los tres fueron ingresados en un centro psiquiátrico para alivio de sus familias. Todos pensaron que así descansarían y podrían buscar las causas a tan extraños comportamientos.
Ellos no pensaban lo mismo…permanecían pegados a las ventanas de sus respectivas habitaciones, no podían separarse de ellas.
Frente al centro estaba el cementerio de eso pequeño pueblo llamado…Pozuelo.
aaaa


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