El despertar de las amapolas…

Si mi vida hubiera terminado al lado de Laura, ya con setenta y cinco, ochenta o noventa años. Habría posado mi mano encima de una Biblia y jurado que había sido feliz. Que estaba enamorado de ella. Que parte de mi imaginación y sueños se habían cumplido. Que sabiendo de las vidas intimas en pareja de las personas que me rodeaban, familia, amigos, compañeros, vecinos…la mía les había superado con creces. Que había tenido una buena vida, una gran vida…no tenía queja.
Que equivocado estaba, que imbécil, cuanta ignorancia. Como asumir que mi imaginación y sueños tan superiores al resto, donde otros veían morbo, lujuria, peligro…donde su límites eran mis comienzos. Y era menos que un aprendiz de la vida. Como mi mente podría llevarme a los desconocido sin saber que existía. No entendía nada. Y dejé de querer entender. Y aprendí, vaya que si aprendí. Y mi anterior vida había sido vacía, salvo el hecho de haber tenidos dos hermosas criaturas, Vicente y Elena. ¿Había merecido la pena?. Por la vida de ellos, sin duda. Pero mi vida, mi felicidad, no dependía de mis hijos. Mi infelicidad no era la suya, su felicidad tampoco me pertenecía. Eran vidas unidas pero diferentes.
Y me acordé de las palabras de David, Laura no es la mujer de tu vida. Esa, está por llegar. Y se abrió otro mundo, mejor dicho, abrí las puertas de par en par del mundo que estaba ahí y no había visto. Donde una mirada suya era más que esas noches de barbacoa en casa. Bebiendo con los amigos, comiendo, riendo, bañándonos en nuestra piscina. Donde yo pensaba que eso era ser feliz. Donde antes de que terminara la noche follaba a mi esposa en la hamaca junto a la piscina. Y todo había sido una equivocación. Un maldito error por mi parte. No de ella, nunca la merecí. Sino mía. De creer que todo consistía en eso.

El despertar uno

Y volví a equivocarme con otras mujeres. Pero eso también es vivir. Y aunque no sabía lo que realmente quería, tenía claro lo que no quería. ¿Que podía perder?. Nada. Pues nada tenía. Y me viene a la mente las palabras de Alicia, él no tiene nada que perder, tu si Sofía. Era cierto, perdería comodidades, lujos, las miradas incrédulas de sus seres queridos, de sus amistades y compañeros. Su no entender del cambio de alguien sin nada por otro que le había dado todo. Lo comprendí yo solo perdería mi ilusión, mis sueños, mis ganas de vivir, mi alegría, mi sonrisa, el significado del porqué nacemos. Claro que la comprendía, pero nunca llegaré a entenderla.
Y me dije adelante, no tengas miedo. A lo sumo volverás a casa de tus padres. A tu soledad. Pero al menos esa era tu amiga, no te recriminaba nada. Y no la encontré porque no la buscaba. Ni la esperaba porque no la conocía. Y surgió de la nada. De entre esos avatares. Y se adentró sin permiso en mi vida. Y el universo se puso de acuerdo para juntar a la noche y el día. Para que fueran uno, para que todo tuviera sentido, para ser mi igual y yo el suyo. Y no la recibí con los brazos abiertos. Muy al contrario. Me pareció atrevida. Sin miedos. ¿Quien era esa puta desconocida para tutear al Cuervo?. ¿Quien osaba entrar sin pedir mi permiso?. ¿Donde estaba su respeto cuando otras llevaban tiempo arrodilladas para hablarme?.
Y fui cortante, brusco, injusto con ella. Que me importaba una más, tenía donde elegir. ¿Que me importaba su espalda desnuda presidiendo su perfil?. ¿Quien era ella ante mis Diosas suplicando una cita?. Y me nació disculparme en público ante una desconocida. El Dios Cuervo había bajado su mirada e inclinado su cabeza. Y le nacía. Y todo le superaba. Y comprendió que era ella. Entendió que era su igual. Y nació sin nacer. Y abrió una siguiente puerta para continuar el camino. Y parado en ese trayecto, nada era igual. Tampoco distinto. Era entender lo inexplicable. Poder con lo imposible.
Y entonces salía a mi parque, si, ese, Doctor Fleming 4. Ahora era yo quien se detenía en esas terrazas llenas de personas. Donde alzaba mi mirada desafiante. Donde agarraba mi pitillera de plata y cogía uno de los cigarrillos. Donde mi zippo parecía desprender una llamarada diferente. Y dando una profunda calada veía solo vidas tristes, vacías, sin sentido. Pero quien era yo para sacarles de su error. Yo había estado en él. Le reconocía. Y pude salir. Y veía a esas parejas paseando de la mano. Matrimonios sentados en esas sillas, riendo, bebiendo, comiendo. Y volví a dar una profunda calada, y el humo me daba esos segundos para sonreír. Putas vidas desperdiciadas. Eusebio sonriendo a su mujer y mirando el reloj para no llegar tarde para follarse a su vecino Anabel. Rocío impaciente por llegar a casa y esperar a que Jesús se durmiera para hablar por el privado con Ángel. Como Antonio babeaba con el movimiento de culo de la camarera estando su esposa a su lado. Y cogía con determinación ese taburete, apoyado en esa mesa alta. Donde Gabi me decía, ¿Que quieres Luis?. Una copa, de lo que mas rabia te dé. Donde mi mirada se detenía en esa mesa. Cinco solteronas creídas, arcaicas, con sus dos pretendientes sosos y aburridos. Donde ir al cine es una proeza y bailar con ellas el mayor de sus anhelos. Y me llevo la copa a mis labios, y sé lo que están pensando. ¿Que me mira Luis?. ¿Se habrá pensado que yo podría tener algo con él?. Y sonrío, Cojo mi pitillera y enciendo un cigarrillo. Pobre humanidad si supiera de mi existencia. ¿Con eso es suficiente Gabi?
Y me levanto, comienzo andar. Escucho mi nombre, pero no me detengo. Mi madre me ofrece una silla, siéntate hijo. Y todo me parece un absurdo. Y Elena me besa, te quiero papá.

El despertar dos


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