RELATO

El corazón al otro lado…

Mirando mis manos no puedo evitar culparme por lo sucedido. Está llegando la noche y todo ha cambiado bastante a como lo recuerdo. Ya oigo los gritos de mi preciosa nieta Esther llamándome. Mi hija Andrea sujeta su mano. Toda una mujer y gran madre, pero sigo viéndola con esa cara de niña que cada día recuerdo.
—¡¡¡Abuelo !!! ¡¡¡Abuelo!!!
—¿Quién es esta niña tan fea? —No te conozco.
—Si que me conoces abuelo, soy Esther.
—Señora…¿Es suya esta niña, nos conocemos?
—¡¡¡Joooo, Abuelo!!! ¿Ya no me quieres?
—Tanto, que moriría por ti. ¿Me quieres dar un abrazo?
—Claro que si. ¿Quieres también un beso?
—Quiero.
—Papá, hace frío, ¿Qué haces aún aquí?
—Sabes que es donde tengo que estar, donde quiero estar.
—Bien, caen unas gotas, pronto lloverá prométeme que volverás enseguida a casa.
—Te lo prometo, no te preocupes. Hasta luego preciosa niña.
—Vaya, ¿ahora soy preciosa abuelo?
—Siempre lo eres, pero se me olvida cuánto.

—————————————-

Divisando el parque infantil me resulta casi imposible sujetar a Andrea. Suelto su mano y dejo que corra junto a sus amiguitos. Que Marta no pusiera pegas en la custodia siempre lo vi como un regalo de Dios. Y a ella le vino bien, ya que pensó que al principio de su relación con Daniel, la niña podría afectarla de algún modo. Siempre se han adorado las dos, pero hacerlo así fue lo mejor para todos. Me siento en uno de los bancos que hay en ese pequeño parque. La diferencia que de costumbre es que la mujer que ya está sentada nunca la había visto. Me llamó la atención su forma de vestir, nada parecida a todas las madres que acudían con sus niños. Una falda hasta los tobillos, unas deportivas muy llamativas. De no ser porque sentada tenía una pierna sobre la otra, no habría podido verlas debido a la longitud de su falda. Una camiseta pegada a su cuerpo y un chaleco de cuero negro. Su melena era desenfadada, parecía no haberse peinado, sin embargo le sentaba muy bien. Unas gafas para leer grandes, negras, bajadas casi hasta el término de su pequeña nariz. En sus manos, un libro. Solo decir que me gustó, mucho.
—Hola, ¿es tu hija?
—Hola, no, no es mi hija.
—¿Aquella?
—Jajajaja… Tampoco, no tengo hijos. ¿Alguna de ellas es tu hija?
—La que ahora baja del columpio, Andrea.
—¿La del lacito rojo en el pelo?
—Sí, esa.
—Se la ve algo traviesa, tiene el lazo medio caído.
—Si que lo es, pero seguro que es culpa mía lo del lazo, no consigo hacérselo del todo bien.
—¿No es su mamá quien la viste? Perdón, estoy preguntando cosas que no debo.
—No, tranquila, su madre y yo estamos divorciados, Andrea vive conmigo.
—Vaya… lo siento. ¿Me permites que se lo ponga en su lugar?
— Claro, por favor. Andrea, cariño, ven un momento.
— Me llamo Antonella, ¿me dejas colocarte el lazo de tu cabeza?
— Si… Yo me llamo Andrea. ¿Eres la novia de mi papá?
— Jajajaja… No. ¿Tu papá busca novia?
—Creo que si, algunas noches le escucho llorar.
—¿Y crees que es por ese motivo?
—No sé…me voy a jugar.
—Encantadora tu niña.
—Sí, y poco discreta. Perdona, ¿qué lees?
—Kafka y sus pensamientos.
—Vaya… ¿Te gusta?
— Me gusta, me gusta leer casi todo lo que cae en mis manos. ¿A ti te gusta leer?
—Mucho, pero he de reconocer que últimamente no leo nada.
—¿Vendrás mañana?
— Sí, claro que sí.
—¿Quieres que te traiga un libro para que lo leas?
—Estaba pensando que me gustaría que fueras tú quien me lo leyera en voz alta.
—Vaya… Nunca me habían pedido algo así, no sé si me veré capaz.
—Piensa que es la primera vez que a mi me leerán también.
—Ok, lo haré. ¿Algún autor en especial?
—El que tú decidas estará bien.
—Me tengo que marchar. Por cierto, me llamo Antonella.
—Yo, Adrián.
—Hasta mañana, Adrián, misma hora, mismo sitio.

—————————————–

Estas malditas manos, siempre doliéndome. Hace muchos años que dejé de intentar entender las cosas. Suceden, surgen, nacen… te hacen sentir. No hay que preguntarse el porqué es así. Si dijera que me enamoré esa misma tarde, mentiría. Pero nunca había estado tan a gusto con alguien, sí, podría decirse que eso es lo que sentí.
Tengo que irme para casa, la noche ya ha llegado.

——————————————-

Era la primera vez que tenía yo más ganas de llegar al parque que Andrea. No había dejado de pensar en ella desde que nos despedimos. Allí estaba, solté la mano de mi hija. Qué distinta hoy, pero tan ella. Pelo recogido sin darle importancia si había quedado perfecto o no. Falda esta vez muy corta, camisa blanca desabrochada, debajo una camiseta negra. Calcetines blancos lleno de agujeritos y unos zapatos negros muy graciosos. Su gafas y un libro entre sus manos. No pude evitar sonreír, estaba encantadora.
—Hola Antonella.
—Hola Adrián… ¿Te gusta hacer esperar a las mujeres?
—Perdona, no sabía que poner a Andrea.
—Jajajaja… Era una broma.
(Dios es testigo que me hubiera comido esos labios en ese mismo instante)
—¿Ese es el libro que me leerás?
—Así es, Lovecraft… ¿Te gusta?
—No dejas de asombrarme. ¿Crees que es el adecuado a estas horas?
—Lo auténtico, lo diferente… es adecuado a cualquier hora, ¿No crees?
—Creo que todo es diferente a tu lado.
—Vaya… ¿Pretendes ligar conmigo?
—Ni tan siquiera sé si tienes pareja.
—No, no la tengo, ¿La tienes tú?
—No, no, no tengo.
—Jajajaja… ¿Estás nervioso?
—Por favor, comienza a leer.

——————————————

Qué me importa el mundo. Qué me importa nada. Estaba enamorado. Son cosas que uno no busca, que no las decide. Pero la hubiera elegido entre todas sin dudar. Los siguientes meses los recuerdo como los mejores de mi vida. No existe la perfección, pero si existiera llevaría su nombre. Tenía hasta miedo que alguien la descubriera, llegara a conocerla, saber lo especial que era. Si el amor es una locura, yo estaba de atar. La dejaba en su casa y contaba los minutos hasta volverla a ver. Salía de la mía y ansiaba su vuelta.

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Todo preparado y subido al coche. Llevábamos semanas preparando ese viaje. Esos preciosos paisajes, los grandes acantilados. Ese mar bravío chocando contra las rocas. Esa casita al lado de tan maravilloso espectáculo. Andrea y Antonella jugando en el asiento trasero del coche. No sabría cuál de las dos era más niña. Las horas de viaje se nos pasaron entre risas y juegos. Dejamos todo en la casita alquilada decidiendo que saldríamos muy de mañana al día siguiente. A Andrea le costó un poco levantarse, pero pronto recordó donde nos encontrábamos y se vistió con prisas.
No logro entender cómo sucedió todo. Andrea soltó mi mano, ese resbalón, esa caída. Y las dos en ese maldito precipicio, sujetas solo por esa débil rama. Me abalancé y pude agarrarlas. Andrea de su camiseta, Antonella de su mano. Creo que mis gritos se ahogaban en la nada. Nadie podía oírme. Les pedí a ambas que intentaran agarrarse a mis brazos. Apoyarse en ellos para que pudieran subir. Empezó a llover como queriendo ser testigo de mi agonía. Las fuerzas me fallaban, no podía con las dos. Cómo olvidar esos ojos, cómo olvidar esas palabras: «Amor mío, suéltame. Salva a Andrea».

——————————————–

No espero nada. No quiero nada. Solo deseo que exista ese paraíso, esa vida que dicen. Quiero verla para decirle que tenía razón cuando me decía.

«Yo te quiero más….daría la vida por ti».

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7 thoughts on “El corazón al otro lado…”

  1. Te odio, Cuervo. He llorado. El amor es maravilloso y, sin embargo, también es una daga. Siento que, en ocasiones, como en esta, obligue la vida a elegir. Un abrazo…, mejor no… Te odio. 🙂 Aída.

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  2. Hola!
    Es un relato precioso. Simplemente precioso. Sin más. De esos que llegan al corazón y tocan hasta el alma.
    Y si mil veces lo leyera, mil veces lloraría.
    Sigue escribiendo así, por favor.
    Un beso

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