Atranisquei…

Hace cientos de años, miles…existieron diez Dioses. Todos ellos muy poderosos. Tanto que ninguno se enfrentaba al otro, pues ambos se destruirían. Cada uno tenía parte de la tierra y disfrutaban siendo eso, Dioses. Un día en tierra de nadie cayó un rayo y nació otro Dios. Los demás Dioses se reunieron y decidieron ir juntos a conocer al nuevo Dios, saber de sus intenciones, de sus poderes. Llegaron a ese bosque en tierra de nadie y le hallaron allí sentado, tranquilo, ausente, mirando la creación. Uno de los Dioses le preguntó, como te llamas?. Atranisquei…solo con pronunciar su nombre los otros sintieron escalofrío. Se miraron los unos a los otros por primera vez con miedo.
— A que has venido a este mundo, cual es tu propósito?.
— Este mundo pertenece a alguien para que tenga que pedir permiso, debe existir un
propósito para venir donde uno quiera?…respondió.
— Si, este mundo nos pertenece, a cada uno de nosotros la misma parte.
— Bien, pues aquí me hallo, alguno tiene inconveniente en que me quede?…mientras
cogía una brizna de hierba y el suelo bajo los pies de los otros Dioses temblaba.
— No, puedes quedarte.
Una vez estuvieron solos los Dioses hablaron de él. Del terror que habían sentido solo oír su voz. De su poder. Todos pronto se pusieron de acuerdo. Había que destruirle. Cada uno tenía un poder que le hacía diferente al otro. Entre todos dominaban todos los elementos, los creados y hasta los que nunca habían existido. Para estar seguros de su victoria invocaron a fuerzas siniestras, a la oscuridad…hasta a la propia muerte.
Llenos de poder y también de miedos se dirigieron al bosque, y allí sentado estaba. Impasible. Como esperando el golpe de gracia del verdugo. Esperando que todo se desarrollara. Alzó su mirada y los Dioses sintieron un poder desconocido. Hasta la muerte tuvo que sujetar la guadaña con ambas manos. Fiscainuón, unos de ellos, venció su pierna. Como con solo una mirada nos hace temblar a todos, que Dios es este?…Pensó.
Los Dioses hablaban entre si a través de sus mentes. Los había que querían desistir de matar a ese Dios. Los otros querían empezar y acabar ya. Si solo uno de ellos era poderoso y temido por la tierra, los diez juntos eran vida y muerte, creación.
Atranisquei, sonrío. (como si les estuviera oyendo).
— Cuando vais a comenzar?…salió de sus labios.
Los Dioses atacaron a la vez, como uno solo. Ante el asombro de todos no se defendió. Le mataron, tan fácilmente como si hubieran quitado la vida a un niño. De pie junto a ese cuerpo inerte decidieron seccionarle en diez partes. La dividieron en brazos, manos, pies, piernas, torso y cabeza. Cada uno cogió su trozo y partió para su reino, con la promesa de que su parte la esconderían en el lugar mas inaccesible. Ninguno contaría nunca donde se encontraba su “trofeo”.
Cada día que pasaba a los Dioses les parecía eterno. Cada hora parecían envejecer. Nada les conformaba. Matar humanos, hacerles enfrentar. Poseer a esposas, madres, hijas. Les fallaba la respiración, perdían la vida. Llamaron a fuerzas tenebrosas. Conjuraron con grandes hechiceros. Todo fue inútil. Parecía haber pasado siglos y allí estaban todos, en ese claro de bosque. Tan solo dos días después de matar a ese Dios. Cada uno con su reliquia entre las manos. Fueron depositando cada uno la parte que llevaba en el suelo. Intentando dejarlas de tal forma que pareciera que estaba vivo. Una vez se separaron todos los Dioses varios metros atrás. Atranisquei se levantó, sonrío como si acabara de despertarse y arrancó un trozo de hierba. La depositó en la palma de su mano y sopló. El sol y la luna se unieron formando uno. El cielo se podía tocar con solo alzar la mano. El mar levitó de la tierra. La creación se paró. La brizna de hierba volvió a su mano y todo comenzó.
Levantó su mirada y observo a esos Dioses. Todos arrodillados. Inclinando sus cuerpos y cabezas. Bajando su miradas. Y Atranisquei se levantó…
— Aún no habéis entendido nada, de que os sirve el poder, ser Dioses sino
comprendéis el propósito de la existencia. Es igual que me dividáis en diez
partes o en cien. Me matéis mil veces. Yo nunca podré morir mientras uno de
vosotros viva. No podré nunca morir mientras exista el último ser. Yo soy
vuestras dudas y miedos. Yo soy vuestro deseo anhelado. Yo soy vuestra cobardía e
injusticia.
Lástima que sigáis sin entender. Siendo Dioses sois nada. Tan solo con ser lo que
deseáis ser, dejaría yo de existir.

Aokighara


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