RELATO

La justicia del desconocido…

Hace unos trescientos años en una pequeña aldea francesa llamada Teveléz sucedieron unos hechos que hoy en día nadie quiere recordar, otros dicen que son leyendas, lo más, simplemente no quieren hablar.
Era el día anterior al mas importante para los habitantes de la aldea, el término de la cosecha y todos saldrían a celebrar tal hecho. Ya bien entrada la noche se oyeron unos desgarradores gritos que despertaron a todos los habitantes, se juntaron varios grupos de vecinos y prendiendo unas antorchas se dirigieron donde procedían tales lamentos.
Al llegar observaron a un hombre agachado sujetando el cuerpo de una mujer, acercándose y rodeando la escena pudieron ver como el cuerpo de ese desconocido estaba cubierto de sangre, la mujer era una vecina de la aldea muy querida por todos, la señora Peraud, su cuerpo estaba mutilado, el rostro desencajado y en sus manos parte de sus vísceras.
Varios hombres cogieron e inmovilizaron al desconocido, otros se acercaron para comprobar si la pobre mujer aún permanecía con vida, estaba muerta. Preguntaron al hombre sobre lo sucedido, de sus boca no salía palabra alguna, sus ojos totalmente abiertos se perdían en la lejanía, pero su mano apuntaba al bosque. Algunos de ellos se encaminaron hacía allí, tras varios minutos regresaron sin haber encontrado nada.
Volvieron a preguntar al desconocido con la misma respuesta, silencio. Ante la negativa hablar y la visión de ese mutilado cuerpo de su vecina comenzaron a golpearle, tan enloquecida esta la gente que cuentan que los padres daban a sus hijos cuchillos para que todos fueran participes de tal linchamiento. Algunos miembros del cuerpo cayeron al suelo seccionados, los perros también querían su parte, y se encarnizaban en una feroz lucha entre ellos por conseguirla. La locura paró unos momentos y observando tal imagen todos inclinaron sus cabezas, el silencio solo era roto por los aullidos de lobos provenientes del bosque. Una anciana cubrió con una manta el cuerpo de ese pobre desgraciado.
La gente comenzó andar hacía sus casas en silencio, algunos hombres recogieron el cuerpo de ese hombre y lo enterraron a las afueras de aldea, se sentaron tras el esfuerzo yendo un par de ellos a por bebida, después de una hora y varias botellas de alcohol parecieron olvidar tan horrible suceso. Hablaban de que ese hecho les impediría celebrar la recogida de la cosecha y en un acto de cruel locura comenzaron a clavar largos palos de madera en la tierra donde habían sepultado a ese desconocido. Procedieron afilar los extremos de las varas para introducirlas a mayor profundidad, no estuvieron conformes hasta ver brotar sangre de la tierra, eso, el cansancio y el alcohol les hizo abandonar el lugar y regresar a sus casas.
A la mañana siguiente uno del aldeanos aporreo las puertas de todos los vecinos gritando para que todos salieran de sus casas. El hombre les explicó que había encontrado una pequeña carreta no muy lejos del lugar donde ocurrieron los hechos de la noche anterior. En ella había vestimentas de bebés y dos pequeños camastros. Todos acudieron al lugar siguiendo al aldeano, algunos subieron a la carreta y descubrieron dos sonajeros de madera, comida en un recipiente de madera y una pequeña vasija llena de leche. Alguien gritó señalando al suelo, había rastros de sangre, las huellas de animales y un trozo de tela. Esto es lo que quería señalarnos ese hombre, comentó uno de los aldeanos…y porqué no habló, además, todos vimos lo que hizo a la señora Peraud…hicimos justicia.
No sabemos con certeza si ese hombre mató a Emeline, desde que murió su marido y sus hijos en ese terrible incendio vagaba por las noches gritando e hiriéndose a si misma.
Ante la posibilidad de que hubieran cometido un horrible acto se dirigieron donde habían enterrado a ese hombre. Se encontraron con un agujero de un metro aproximadamente de profundidad, dos grandes montículos de tierra ambos lados y nadie en su interior.
El miedo se reflejaba en sus rostros, como en un pacto secreto y no hablado todos debían olvidar lo sucedido, salvo ellos nunca nadie hablaría de ello.
La noche entró en la aldea ante un sepulcral silencio, todas las calles estaban desiertas y salvo alguna antorcha encendida parecía una aldea abandonada.
A la mañana siguiente todos despertaron con los gritos de una mujer, su hijo había desaparecido, no estaba en la casa. Como empujados por una extraña fuerza empezaron andar hacía la tumba vacía del desconocido. El agujero estaba tapado con la tierra que el día anterior estaba a los lados de la tumba, sus aterrorizados ojos vieron como estaba mojada de sangre. Unos pocos se atrevieron a cavar, a un metro de profundidad se encontraba en cuerpo sin vida del hijo de esas mujer.
Cada ocho de septiembre desaparecía un niño de la aldea y era encontrado sin vida en esa tumba. A lo largo de los años esa pequeña aldea fue abandonada, pero los descendientes de esas personas cada siete de septiembre entierran una oveja esperando que ese desconocido se conforme.
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